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07 – La Fe inquebrantable

      Tzadik levantó la mano y frenó su montura. Tras ella, Sergal repitió la orden para detener a toda la División. Ante ellos se encontraba Fuerte Tesónica, el castillo más imponente de Damardas 
      La fortaleza, construida en piedra marrón, presentaba sus poderosas murallas repletas de almenas y saeteras, empequeñecidas por la majestuosidad de su amplia torre del homenaje, coronada con el fuego de Asherah, el cual nunca se apagaba. Se accedía a su interior atravesando una barbacana y un puente levadizo, reforzado por una empalizada que se extendía a sus lados, para intentar cerrar cualquier acceso a Damardas desde los yermos de Aresia. Hacia el este, a la distancia, se podía ver la ciudad de Tesónica, desparramada entre la planicie y la falda de la montaña, desordenada y caótica. Había comenzado siendo una base militar para evitar incursiones desde los yermos, creciendo hasta convertirse en una mezcla de barracones, viviendas, herrerías y establos, con su parte más externa repleta de amplios campos de entrenamiento.
     
—Hemos llegado a un lugar sagrado para la Divina Asherah, la Diosa Creadora. Aquella que trae Luz a los terrenos baldíos. Aquella que reconforta el espíritu de los humildes y justos —dijo Tzadik.
     
—Por supuesto, mi señora —contestó Sergal, su lugarteniente, en tono servil.  
     
—Nuestra misión es sagrada, Sergal. Hemos sido llamados por el comandante Abonis. Respira hondo y saca pecho, porque hoy, la División Carmesí se convertirá en el brazo ejecutor de la Diosa. 
     
—Como usted diga, mi señora —se limitó a responder Sergal, encogiéndose levemente de hombros. 
     
Tzadik miró durante un instante a Sergal. Su lugarteniente siempre vestía una armadura ligera, en vez de la imponente armadura que era símbolo distintivo de toda la orden; tampoco utilizaba el yelmo completo, sino un pequeño casco semiabierto. Además, había cambiado la maza regular por una fina espada de doble filo. Esto unido a su pequeña estatura, su pelo rubio revuelto y su rostro sin emoción le hacía parecer un extraño dentro de la misma División.
     
Pero a Tzadik no le importaba. Como todo bajo la luz de AsherahSergal tenía su motivo para haberla acompañado desde su ascenso a Primera Dama de la División Carmesí. Cerró los ojos y entonó una rápida oración, juntando sus manos blindadas. Conforme terminó la plegaria, espoleó su montura sin aviso. Sergal suspiró y levantó el brazo, ordenando a la veintena de acólitos que siguieran a su líder.
     
Llegaron a los pies de la parte norte del Fuerte y detuvieron su marcha. Varios guardias de la barbacana se asomaron al ver acercarse a la comitiva.
     
—¡Por la luz de Asherah! —gritó a modo de saludo Tzadik, levantado su mano. Sergal suspiró tras ella.
     
Los soldados se movieron rápidamente y comenzaron a gritar órdenes, ininteligibles por la distancia. Minutos más tarde, el primer rastrillo de metal se comenzó a levantar mientras el puente levadizo caía lentamente. La División Carmesí accedió al puente. Cerraron el rastrillo de la barbacana tras ellos y, tan sólo entonces, abrieron los gigantescos portones de madera del castillo.
     
Tzadik ordenó nuevamente el avance, y los acólitos entraron al interior de un vasto patio de armas. Dentro esperaban dos guarniciones de unos cincuenta hombres formando en los laterales, los cuales desenvainaron espadas y las clavaron en el suelo, poniendo sus manos en el corazón, a forma de saludo.
     
Los acólitos desmontaron y devolvieron el saludo militar. De la sala inferior de la torre más cercana emergió una nube de sirvientes, que llevaron los caballos para que recibieran agua y alimento. Casi sin respiro, la División fue guiada hacia los comedores de otra torre. Una vez en el interior de las amplias salas, Tzadik se quitó el yelmo completo, repleto de tallas con pasajes sagrados, y lo dejó sobre la mesa. Quedó a la vista su rostro anguloso, con su fuerte mandíbula, sus grandes ojos turquesa y su cabello pelirrojo recogido en trenzas que terminaban en una sencilla cola, aunque estaba suelto y liso por atrás. Era una mujer fuerte, lo cual se enfatizaba más al portar una armadura de placas con la sobrevesta de su orden, roja y negra, con el Trono de la Luz en dorado en el centro del pecho. Con movimientos precisos, soltó las cinchas de cuero de sus guanteletes blindados, y los dejó al lado del yelmo. Sergal, su lugarteniente, le ayudó a soltar las hombreras y los refuerzos de los codos. El resto de los acólitos, con armaduras similares, realizaron los mismos pasos, mientras se estiraban y se quejaban. Había sido una agotadora marcha desde la Ciudad Santa. Pero ninguno estaba sorprendido: sabían que cuando Tzadik tenía una misión, comer o descansar se convertía en secundario. Y lo aceptaban con una fe absoluta en su Primera Dama.
     
Pasados unos minutos, y ya con los hombres relajados mientras revisaban el material, la puerta del barracón se abrió. Un sirviente, entrado en años y vestido pulcramente de negro, cruzó el umbral y se dirigió hacia ella. Cuando llegó a un par de metros de distancia, realizó una profunda reverencia.
     
—Lady Loom, es un placer contar con su presencia en nuestro fuerte. Soy el senescal del mismo, y mi nombre es Demius —dijo sin levantar la cabeza—. El comandante Abonis desea poder despachar el motivo de su visita lo antes posible, para que puedan descansar después de su larga jornada. Si es tan amable de acompañarme, le conduciré hasta su presencia.
     
—Agradecemos sus palabras, senescal. Por favor, guíe nuestro camino —dijo Tzadik, haciéndole un gesto a Sergal con la cabeza para que la siguiese.
     
—Disculpe la impertinencia, Lady Loom —replicó el hombre, lanzando una mirada reprobatoria al acompañante de Tzadik—. Pero el comandante tan sólo ha requerido su presencia.
     
El senescal obvió los pequeños bufidos y risitas contenidas del resto de los acólitos. Venía un responso en toda regla. La Primera Dama le clavó sus ojos turquesa.
     
—No será así, senescal. Los acólitos de la Divisón Carmesí seguimos la palabra de Asherah: confiamos en nuestros hermanos, y tan sólo dudamos de nosotros mismos. Nunca recibiremos información uno solo de nosotros, puesto que una única alma puede vacilar bajo las tentaciones. Pero, al igual que en la batalla, si más hermanos acompañan al primero, el escudo de luz es inquebrantable. Nuestra Fe es nuestra arma, nuestro alimento y el terror de nuestros enemigos. Asherah ilumina el camino, pero somos nosotros los que debemos seguirlo.
     
El senescal mantuvo durante un instante su mirada sobre Tzadik. Pero bajó la cabeza.
     
—Como deseéis, mi señora. Por favor, seguidme.
     
Tzadik y Sergal fueron dirigidos por el hombre a través del patio de armas hacia las estancias inferiores de la torre del homenaje, que parecía otro castillo en sí misma. Poco a poco, mientras ascendían, las escaleras se hacían más anchas y más cuidadas. Las salas pasaban de ser roca desnuda a estar cubiertas por ricos tapices. Hasta que llegaron ante unos amplios portones de madera oscura, tallada con la majestuosa forma del Trono de Asherah, y con el contorno de la misma Diosa incrustado con hilo de oro, donde el senescal Demius se detuvo.
     
Se acercó y habló con los guardas que flanqueaban la entrada, los cuales portaban armaduras completas. Estos se giraron y empujaron las dos enormes hojas, las cuales se deslizaron sin hacer ningún ruido.
     
—El comandante les espera —dijo el senescal, haciendo una nueva reverencia—. Si me disculpan…
     
Tzadik y Sergal accedieron al interior de la sala. Escucharon como, en la parte exterior, los guardas conectaban unas fuentes ornamentales, para que el ruido del agua evitara que nada de la conversación transpirase fuera de la habitación. Las puertas se cerraron tan suavemente como se habían abierto.
     
Tzadik miró la habitación. Un lujoso despacho en el centro de una fortaleza. El suelo era de madera pulida, las paredes tenían grandes tapices bordados con hilo de oro. En un lateral de la pared, una chimenea de mármol daba calidez al ambiente, mientras crepitaba con fuerza. Al fondo había una gran mesa de maderas nobles, con un hombre sentado al otro lado. Calvo y grueso, con unos ojillos brillantes y demasiado juntos y con la frente perlada de sudor. Levantó unas manos rechonchas y les dedicó una sonrisa que parecía la de un lagarto.
     
—Bienvenida a fuerte Tesónica, lady Loom. Estoy honrado por su presencia. Por favor, tomen asiento —dijo el comandante Abonis, haciendo un gesto con la mano hacia dos sillones.
     
—El placer es nuestro, comandante —respondió Tzadik inclinando la cabeza, pero manteniéndose de pie—. Nuestra Orden nos ha movilizado inmediatamente al recibir su mensaje.
     
—Llevo noches enteras rezando para que hubiese una pronta respuesta de Quibar, y así ha sido. Y, además, me envían a la Primera Dama de la División Carmesí. Me siento halagado. Pero, ¡por favor! Pónganse más cómodos. ¿Les apetece algo de comer? ¿Un poco de vino?
     
Antes que Tzadik pudiese denegar el ofrecimiento, y para regocijo de Sergal, el comandante dio dos palmadas. De un lateral de la estancia apareció un criado, desde una puerta disimulada con el entorno.
     
—Trae tres servicios completos. Con vino y fruta. Inmediatamente. ¡No podemos hacer esperar a nuestros invitados! —farfulló.
     
Tzadik observó cómo desaparecía el criado por la puerta. Supo que no tenía opción. Siempre le gustaba comer con las tropas, aunque su rango le obligase muchas veces a estar en otras compañías más selectas. Tzadik seguía el código del clérigo, donde se especificaba que la batalla debía de ser eterna, la fe inquebrantable y los lujos evitados; así la pureza del alma nunca se podía corromper. Pero no puso ninguna objeción.  Estaba muy interesada en la información que le tenía que brindar el comandante. Y, aunque de algún modo sentía que iba a disfrutar de un tipo de lujo pecaminoso, se convenció que era necesario: el ejército de Damardas no solía pedir que la parte del clero se involucrara en sus asuntos. Y menos aún con la Orden.
     
Con un gesto, Tzadik indicó a Sergal que tomase asiento, mientras ella hacía lo mismo.
     
—¿Qué tal ha sido su viaje hasta Fuerte Tesónica, Lady Loom?
     
—Por favor, llámeme Tzadik, comandante Abonis —respondió Tzadik con una sonrisa.  El comandante le sonrió también, mostrando unos dientecillos pequeños y amarillentos.
     
—Como desee, Tzadik. Dígame, entonces, ¿Cómo se encuentran tanto usted como sus tropas?
     
—En perfecto estado, comandante —aportó Tzadik, después de un instante de reflexión—. Nuestras monturas están siendo atendidas. Nuestra hambre saciada y nuestro descanso garantizado. Como siempre, la sagrada misión está por encima de muchas comodidades terrenales. Sobre eso, nuestro tesón ha sido reconocido durante siglos. Podríamos continuar esta misma noche nuestro cometido, si la misión lo exigiese.
     
Por lo bajo, pero más audible de lo que Tzadik le hubiese gustado, Sergal suspiró.
     
—Pienso como su acompañante, Tzadik —rió el comandante—. Deben descansar esta noche. La misión que les espera no es sencilla, me temo. Y necesito que me garanticen su cumplimiento.
     
Tzadik abrió la boca, pero la cerró cuando los criados irrumpieron en la sala, cargando amplias bandejas con viandas. Las dejaron en una mesa central. El comandante Abonis se levantó de su asiento y se acercó a la mesa bamboleándose. Sus piernas eran cortas y curvadas. Tzadik pensó que parecía una gran y sudorosa cucaracha.
     
—Por favor, acompáñenme a tomar esta cena. Deben recuperar fuerzas —dijo mientras se acomodaba en la cabecera de la mesa.
     
Los dos acólitos se levantaron y se sentaron enfrentados al comandante. El olor a la comida hizo que el cuerpo le recordara a Tzadik las necesidades básicas, aquellas que no las suplía la fe. Aun así, bajó la cabeza y entonó una oración de agradecimiento a Asherah. Cuando terminó, los tres comenzaron a cenar.
     
Pasados unos instantes, Tzadik rompió el silencio.
     
—Y, entonces, comandante Abonis. ¿A qué se debe su mensaje de petición de ayuda?
     
—Un momento, Tzadik, si me disculpa —dijo el comandante mientras daba otras palmadas. Apareció un sirviente, al cual le ordenó que trajese más jarras de vino y que no fuesen molestados bajo ningún concepto.
     
Continuaron comiendo en silencio, mientras los sirvientes dejaban sendas jarras de vino en la mesa. Eran de piedra, pero tenían un tallaje exquisito, junto con incrustaciones de piedras preciosas en las asas. Una vez que el trasiego terminó, el comandante se irguió y sirvió dos generosas copas a sus huéspedes. Después, hizo lo mismo con la suya. Bebió un largo trago y paladeó el vino con deleite. Sonriendo, volvió a llenar su copa hasta el borde y reparó que la inquisidora no había bebido nada.
     
—Ciertamente, es verdad lo que dicen de su control, lady Loom —aportó el comandante, mientras, a su lado, Sergal soltaba un suave hipido mientras intentaba tragar más de lo que podía—. De todos modos, es el momento que le cuente el por qué les hemos llamado con tanta urgencia: como bien sabrá, el ejército de Damardas ha destinado recursos en intentar cartografiar los yermos de Aresia. ¿Está familiarizada con este área?
     
—Por supuesto, comandante. La Orden siempre ha estado atenta a los yermos. Pero entrar en ellos es una condena a muerte.
     
El hombre se levantó y se acercó a la chimenea, dándoles la espalda.
     
—No necesariamente, Tzadik. No necesariamente.
     
Cuando el comandante se giró, Tzadik vio sus ojos. Había algo más detrás que orgullo o satisfacción. Era un brillo, un atisbo de locura.
     
—¡Yo lo he conseguido! —estalló—. Me ha llevado meses, pero encontré el modo para poder hacer pequeñas fortificaciones y que no sean asaltadas por las criaturas oscuras. Después de eso, hemos ido avanzando, haciendo pequeños puestos cada kilómetro. Hasta que hemos encontrado ruinas ¡Ruinas dentro de Aresia! ¿Sabéis lo que significa? ¡Podemos desentrañar el misterio de Lilah! No hay información fiable de cómo esa mujer consiguió acabar con el apocalipsis. Imaginemos esa información, ese… poder, en manos de nuestro glorioso ejército…
     
El comandante quedó en silencio y se giró para mirar al fuego. Tan sólo se escuchó el crepitar de la chimenea durante un largo minuto.
     
—El poder de un dios… para unir a todos bajo una única bandera… —musitó.
     
Tzadik se levantó de su silla.
     
Lilah es uno de los misterios a resolver en nuestra orden. Es uno de nuestros deberes como acólitos. Para no debilitar nuestra fe debemos comprender la leyenda que surge en estos páramos alejados de la luz. Lilah de ser considerada una mujer fuerte, una líder auténtica, pero no fue una diosa, comandante; no tuvo nada de divino. La única que merece devoción es Asherah, la Diosa Creadora, que se sienta en el trono de luz sobre todos nosotros. Y recuerde que todos somos parte de Su plan. Incluso aquellos que dieron su vida frenando al apocalipsis.
     
El comandante se giró hacia ella. Mantuvo su mirada. Sus ojillos estaban fijos como un depredador. Sudaba copiosamente.
     
—Tiene toda la razón. Por eso les pido tan sólo que investiguen las ruinas. Que informe a sus superiores de lo que encuentre allí. Que el consejo de Quibar tenga otra voz además de la mía para que nuestras fuerzas se movilicen —el comandante desvió la mirada. Tzadik podía ver como estaba haciendo un esfuerzo por controlar su emoción—. Tan sólo le pido que me ayude a reforzar nuestra fe. Que desvelemos juntos este misterio.
     
Tzadik no le creyó. Los motivos del comandante eran otros, eso era obvio, y ella no le había dado la respuesta que él esperaba. Pero jugaría a su juego. Además, estaba interesada en las ruinas. Le resultaba irónico pensar que Abonis conseguiría lo que buscaba: el consejo enviaría más tropas a Tesónica. Pero, por otro lado, cuando Tzadik informara del desequilibrio del comandante, probablemente sería purgado de su puesto.
     
Tzadik se despidió cortésmente del comandante, le hizo un gesto a Sergal, el cual apuró el vino de su copa, disimuló un erupto sin mucho éxito, cogió unos trozos de queso para el camino y salieron de la sala. 

*** 

      Mientras sus botas blindadas levantaban ecos de los peldaños de piedra, Tzadik le habló al tambaleante Sergal en un susurro.
      —Vuestro comportamiento ha sido totalmente vergonzoso —espetó.
     
—Gracias, mi señora —se limitó a contestar Sergal.
     
Bajaron otro tramo más de escaleras en silencio.
     
—¿Qué opináis? —susurró Tzadik.
     
—No estábamos solos en la sala —el tono de Sergal, servil y resignado, había cambiado por otro más analítico—. Además de la puerta para los sirvientes, había otra puerta en el lado norte, cerca del escritorio. El humo de la chimenea se filtraba por ahí. Dentro estaba una persona más, de alto poder mágico; escuchando toda nuestra conversación. El comandante, además, miró en dicha dirección siete veces durante toda nuestra estancia.      —Bien visto, Sergal —concedió Tzadik—. ¿Y sobre sus argumentos?
     
—Flojos por todos los costados, mi señora. El despliegue militar tan sólo en Fuerte Tesónica es superior a la mitad de las tropas de la antigua frontera con Tyrennor. La Orden no supone ningún tipo de diferencia para sus pretensiones de adentrarse en los yermos; sin embargo, creo que puede conseguir la atención de Quibar y del consejo de un modo mucho más eficaz: eliminando una División de la orden de un plumazo. En dicho caso tendría al clero encima en cuestión de una semana, exigiendo responsabilidades; lo que probablemente desembocaría en audiencias con altos cargos, pudiendo así explicar lo que realmente ha encontrado en los yermos. A partir de ahí, sería presionar su avaricia para conseguir apoyos entre ejército y clero. Algo impensable en los últimos siglos en Damardas.
     
Tzadik asintió. Ya no se sorprendía por la capacidad analítica de Sergal. Si bien era cierto que a menudo le tocaba interpretar el papel de auténtico papanatas, el cual hacía tan bien que a veces Tzadik pensaba que era su personalidad real, tenía un cerebro tan afilado como su espada. Y una promesa irrompible con ella.
     
Llegaron a la última puerta antes del patio de armas. La abrieron y salieron a la fría noche. Los guardas patrullaban en lo alto de las murallas, y había gran movimiento para lo tarde que era en la noche. Los dos acólitos apresuraron su paso para llegar cuanto antes a sus barracones.
     
—¿Cuál crees que será el mejor momento? ¿Cuándo salgamos a la misión, en mitad del yermo?
     
—No lo creo —respondió Sergal tras un instante de reflexión—. Lo mejor sería ahora mismo: estamos cansados, desarmados y totalmente confiados; nadie se esperaría un ataque a gran escala. Como bien habéis podido ver, está desesperado por obtener reconocimiento y poder. Si desaparecemos en los yermos tendrá que esperar varias semanas para lanzar la partida de rescate. Y esperar el retorno de la misma.
     
Tzadik pensó durante un instante mientras abrían las puertas de los barracones. El resto de sus fuerzas dormían al fondo.
     
—Adelante, Sergal. Ejecuta el protocolo del Rezo Nocturno.
     
Sergal sacó el colgante de plata que llevaba al cuello. Con rápidos movimientos lo desencajó y rearmó en un objeto con forma de “T”. Sopló con fuerza por un extremo y del dispositivo brotó una nota baja, apenas audible, pero que se retorcía dentro del pecho.
     
Mientras Tzadik y Sergal se dirigían a donde habían dejado las armaduras y comenzaban a volver a fijarse las pulidas piezas de blindaje, el resto de acólitos se levantó de sus camastros, y, sin hacer un ruido ni mediar palabra, comenzaron a ponerse sus armaduras.
     
El protocolo de Rezo Nocturno había sido activado.
     
Sergal se acercó a Tzadik para ayudarle con las hombreras.
     
—¿Qué posibilidades estimas? —musitó la inquisidora.
     
—Para el grupo, un cincuenta por ciento. Todos los barracones de tropas están iluminados, por lo que nuestros enemigos serán los defensores de Fuerte Tesónica. Por otro lado, para usted, siendo el objetivo principal, me temo que bajaría hasta el diez por ciento —contestó Sergal con voz átona.
     
—Entonces, si sobrevives, obtendrás el puesto de mando de una División. Ese ha sido siempre tu objetivo, ¿no?
     
—Correcto, mi señora. Dirigir mi propia División es mi único motivo de subsistencia y es aquello que me ayuda a no desmoronarme cuando pienso en el tiempo que pierdo sirviendo a señores.     
     
—¿Crees que podrías hacerlo mejor que yo, Sergal?
     
—Indudablemente, mi señora —dijo el lugarteniente, terminando de ajustarle la última pieza de armadura.
     
Tzadik sonrió. Entre ellos había un juramento, hecho a sangre: jamás se mentirían. Era una pequeña isla de estabilidad en un mar de intrigas. Tzadik sabía que sus propias acciones siempre habían sido rectas. Por tanto, una vez se reuniese con Asherah, sería recompensada por su inmaculada trayectoria; pero eso no le hacía perder de vista que no la debía ir a visitar antes de hora. Y, para eso, un compañero como Sergal era impagable.
     
—¿No crees que he manejado la situación bien en esta ocasión?
     
—No, mi señora. Se debía de haber sospechado desde el inicio. Además, conforme nos invocaron, las órdenes deberían de haber sido…
     
Sergal no continuó hablando, ya que las campanas de alarma comenzaron a sonar con fuerza.
     
Tzadik agarró su gigantesco Martillo de Justicia y se puso en vanguardia, amparada por la oscuridad del barracón. Todos sus acólitos, tras ella, comenzaron a rezar, por lo bajo, oraciones de protección a la Diosa Creadora. No pasó ni un minuto hasta que la puerta se abrió de golpe, para que entrase a toda velocidad el senescal Demius, seguido de dos guardias con armaduras completas, que portaban antorchas.
     
—¡Acólitos de la División Carmesí! ¡Estamos bajo ataque! —gritó a pleno pulmón—. ¡Por favor, salgan de estos barracones y refugiénse en la torre! Allí podrán pasar por la armería y… —su voz se truncó cuando las antorchas refulgieron sobre las armaduras de una veintena de guerreros con las armas desenvainadas.
     
Tzadik dio un paso al frente y descargó su martillo sobre el hombre. El senescal cayó al suelo muerto al instante. Los guardas del senescal no habían reaccionado, y no tuvieron tiempo. En silencio, los acólitos se lanzaron sobre ellos acabando con su vida con desapasionada precisión.
     
—¡Acólitos de la División Carmesí! —rugió Tzadik en la semioscuridad—. Estamos rodeados de enemigos y herejes. No dudéis. No retrocedáis. Asherah está con nosotros esta noche. ¡Por la Diosa Creadora!
     
Los inquisidores sonrieron. Los orgullosos defensores de Tesónica los superaban cuatro a uno.
     
Y ahora aprenderían una lección. 

*** 

      Los arqueros estaban en sus puestos alrededor de la muralla. Con sus armas listas, pero apuntando al interior de la fortificación. La División Carmesí no tardaría en salir. Abrirían fuego sobre ella conforme el senescal hubiese llegado a la seguridad de la torre del homenaje. Abajo esperaban el resto de tropas de Fuerte Tesónica, con el armamento estándar de espada corta y escudo.
      Muchos soldados entonaban rezos y plegarias para la batalla. Habían sido informados que venía un grupo de herejes, de impostores. Y ahora les darían justa muerte. Nadie se mofaba del ejército de Damardas, y, en particular, de los orgullosos defensores de Tesónica.
     
Por eso se sorprendieron cuando únicamente emergió una figura del barracón. Imponente con su armadura completa de placas, plateada con detalles dorados en las hombreras y articulaciones; repleta de grabados de los pasajes del Libro de Asherah y de símbolos sagrados; con la sobrevesta carmesí y el símbolo del trono en color oro.
     
Era la líder de los impostores. Era la pieza a cazar.
     
Antes que reaccionaran, la figura levantó su martillo. Muchos habían escuchado historias sobre ese gigantesco martillo de guerra, pero casi todos pensaban que eran exageraciones. Hasta que una luz blanca surgió de él, tan intensa que casi todos se tiraron al suelo del dolor.
     
Entonces se escuchó el grito de guerra de la División Carmesí. 

*** 

      Tzadik gritó mientras lanzaba el conjuro y notó como, aún con los ojos cerrados, la luz le hacía ver todo en rojo y el dolor parecía que le acuchillara los ojos.
      Sintió el retumbar de la mitad de los acólitos que surgieron en tromba por la puerta de los barracones, para acabar con los enemigos más próximos antes que se pudiesen recuperar.
     
Por otro lado, los gritos en la muralla indicaban que Sergal, al mando de la otra mitad de los acólitos, había encontrado acceso subiendo por la torre de los barracones, y estaba dando cuenta de los arqueros apostados arriba. Tzadik sabía que esos serían los que más daño habían sufrido de su conjuro de Luz Pía, por lo que el avance de Sergal debía ser rápido; en caso contrario, no podrían defenderse de una descarga de flechas.
     
Tzadik corrió al frente y machacó a dos soldados antes que estuviesen listos para defenderse. Otro le atacó por el lado, pero la inquisidora esquivó su primera estocada, bloqueó la segunda con el martillo, creando una lluvia de chispas y le golpeó con el yelmo en la cara. Su enemigo trastabilló hacia atrás, desconcertado, mientras Tzadik giraba sobre sí misma y dejaba fluir toda su furia. El impacto del golpe sonó a huesos rotos y órganos reventados, le hundió el pecho al soldado y lo levantó casi un metro del suelo.
     
Entonces una saeta le rebotó por la espalda. Tzadik se giró y otra le atravesó la armadura a la altura del muslo. Tzadik localizó el ataque; aunque Sergal y sus acólitos habían limpiado casi media muralla, había un grupo de arqueros que se habían recuperado y estaban comenzando a disparar sobre sus tropas.
     
Tzadik vio con impotencia cómo las flechas abatían a algunos de sus hombres. Agarró su martillo con las dos manos y la energía blanca chisporroteó por el arma. Descargó un golpe en el suelo que alejó con fuerza a todos los enemigos cercanos. Apuntó con su martillo a los arqueros, mientras dos flechas más rebotaban sobre su armadura bendecida, y se concentró. Su cuerpo brilló durante un instante con la magia de la vida y una bola de luz cayó sobre sus enemigos, los cuales chillaron de dolor. Tzadik respiró a bocanadas, intentado recuperar el aire. Agarró la flecha que llevaba clavada en el muslo y la partió, mientras el dolor le hacía gritar.
     
Entonces vio a un soldado, más corpulento que el resto, con una armadura y capa negra, que cargaba contra ella enarbolando una gigantesca maza. La inquisidora apretó los dientes y golpeó con su martillo con todas sus fuerzas. Las armas se encontraron y retumbaron. Tzadik notó que perdía pie, la herida en su pierna suponía una grave desventaja. Siguió intercambiando golpes contra su adversario, pero no podía evitar el retroceder.
     
Un golpe mal desviado le arrancó la sotavesta, otro más le destrozó la hombrera izquierda, dejándole el brazo entumecido. Se estaba quedando sin opciones. Y eso lo intuía su enemigo, que redoblaba esfuerzos en golpear rápido, aunque menos fuerte, impactándole en el pecho, en los brazos, incluso rozándole el yelmo.
     
Con el sabor metálico de la sangre en la boca, Tzadik notó que su espalda tocaba el muro de piedra. No podía aguantar más. Los brazos le pesaban demasiado como para contraatacar, sus piernas apenas la mantenían en pie y el dolor recorría todo su cuerpo.
     
Tan sólo quedaba que el soldado acabara con ella a base de golpes. Una desesperada plegaria brotó de sus labios, y el enemigo se quedó inmóvil, frenando su ataque. Tzadik cayó al suelo, atónita y sin fuerzas, mientras las lágrimas y la sangre se mezclaban en su cara. El enemigo se desplomó hacia atrás, dejando a la vista a Sergal con su estoque lleno de sangre. Su lugarteniente había saltado desde la muralla para protegerla.
     
Un soldado se le enfrentó. Con movimientos rápidos, Sergal lo hirió en varios puntos, esquivando con elegancia los golpes enemigos, y acabó con él atravesándole la garganta.
     
—Gracias, Sergal —dijo Tzadik con esfuerzo, intentando incorporarse.
     
—Es la primera vez que me las da, mi señora —contestó su lugarteniente, faltándole el aliento—. Y ahora, desearía que estuviese en silencio.
     
Las caballerizas se abrieron y emergieron cuatro acólitos, cabalgando y arremetiendo con las tropas del patio de armas. Otro de ellos fue hacia ellos con un caballo libre. Sergal agarró a Tzadik y con gran esfuerzo la subió a la montura, y después saltó él. Gritó con fuerza, ordenando la retirada y se lanzó hacia la salida.
     
El plan había salido bien. Cuando su grupo había atacado la muralla, había levantado el rastrillo. Los escasos supervivientes de la División Carmesí tenían vía libre para huir de la trampa de Fuerte TesónicaSergal los dirigió, cabalgando a toda velocidad. Desde el fuerte dispararon salvas de flechas a la desesperada; pero los pocos supervivientes de la División Carmesí se perdieron rápidamente en la noche.
     
Cabalgaron durante cerca de una hora. Tzadik soportó como pudo la carrera, agarrada por Sergal, pero su consciencia se desvanecía por momentos, mientras el dolor le recorría todo el cuerpo. Fue utilizando pequeños conjuros de sanación para aliviarse; pero no tenía suficiente poder mágico. Cuando el dolor fue insufrible, gritó que se detuviesen.
     
Los jinetes dudaron al principio, pero Sergal repitió la orden. Bajaron el trote de los animales, que ya estaban bastante cansados y salieron del camino para introducirse en un pequeño bosque. Uno de ellos se quedó de vigía. Cuando el resto estuvo fuera de la ruta principal, Sergal desmontó y ayudó a bajar a Tzadik al suelo. Le ayudó a sentarse hasta que pudo apoyar la espalda en un árbol.
     
—Tenemos que seguir, mi señora. —La voz de Sergal estaba agitada, toda una novedad—. El comandante no puede permitir que demos noticias en Quibar de su traición. Las tropas de Tesónica ya estarán en camino.
     
Tzadik tosió con fuerza. Se quitó el yelmo, que dejó caer a un lado, y escupió con fuerza. La sangre le llenaba la boca.
     
—¿Acaso crees que lo puedo conseguir, Sergal? Tengo una pierna inservible, demasiadas costillas rotas y no puedo mover el brazo izquierdo. Me resulta imposible cabalgar, y si vamos dos en una misma montura seremos abatidos con seguridad. Mi camino termina aquí.
     
Sergal se quedó mirándola fijamente. Tzadik supo que estaba pensando a toda velocidad. Pero ni el frío y analítico Sergal podía encontrar una solución, porque no existía.
     
—Además, necesito un líder para que la Orden en Quibar nos escuche. —Miró al resto de sus hombres. Con el vigía, tan sólo habían sobrevivido cinco más—. Y os necesito a vosotros para que le ayudéis en el camino. Nuestros hermanos caídos necesitan vuestra voz.
     
El resto de acólitos, cubiertos de sangre, asintieron en silencio. Sergal iba a abrir la boca, pero Tzadik le interrumpió.
     
—Me quedaré aquí, fuera del camino. Necesitaré que enviéis algún tipo de tropa rápida a mi rescate. Si los cálculos no me fallan, estamos hablando de menos de veinticuatro horas. Asherah me protegerá y me dará consuelo mientras espero vuestra vuelta.
     
Sergal le miró con intensidad. A la luz de la luna, sus ojos estaban vidriosos. Los dos sabían que no aguantaría con vida tanto tiempo.
     
—Prometimos que no existirían las mentiras, mi señora —balbuceó.
     
—Estoy orgullosa de ti, Sergal, mi amigo, mi compañero. —Tzadik había perdido un guantelete en la batalla, por lo que le pasó la mano por la cara—. Espero que la División Carmesí renazca bajo tu mando, porque te ayudaré desde allí arriba. Y ahora marcha y cumple tu misión. Asherah tiene un final para todos, y el mío está aquí.
     
Sergal le agarró la mano con las suyas, pero Tzadik hizo un gesto, con dulzura, a otro acólito, que sujetó de los hombros al lugarteniente y se lo llevó hacia la montura. Todos subieron y Sergal, en un último momento, se giró para ella y se despidió con una última frase. Tzadik le sonrió y asintió. Y lanzaron los caballos al trote.
     
Tzadik se quedó en el bosque, en la oscuridad rota por la luz de la luna. La herida de su pierna seguía con media saeta en su interior, pero ya no le dolía; al igual que sabía que las costillas le habían perforado algunos órganos. Sonrió pensando en Sergal y se dejó llevar por la fantasía de lo que pudo ser y que ya nunca sería. Pero estaba muy cansada ahora. Se refugió en su fe, y comenzó a recitar, una a una, todas las oraciones que conocía de Asherah.
     
Cada vez tenía más frío.
     
Se sorprendía cuando se equivocaba en algunas frases. Pero sonreía y volvía a empezar. Además, justo ahí, pegada a un árbol, veía la figura de una mujer envuelta en una túnica negra, observándola sin querer intervenir. Tzadik no podía terminar de enfocarla con la vista. Sería algún tipo de alucinación por su pérdida de sangre.
     
Al poco escuchó los caballos. El grupo perseguidor de Tesónica no se había hecho esperar. Pero sus hombres conseguirían burlarlos y llegar a Quibar. Todavía quedaba una guerra que librar.
     
Escuchó cómo algunos caballos paraban y sus jinetes se introducían por el bosque, siguiendo el rastro que había dejado la División Carmesí. Tzadik dio gracias a la Diosa Creadora, ya que, por lo menos, les haría perder algo de tiempo a los perseguidores.
     
Cuando esperaba verlos, escuchó gritos y el sonido del combate; gruñidos animales y risas maníacas. Y, de repente, todo quedó en silencio.
     
Tzadik vio a las bestias aparecer en el claro y mirarla con curiosidad, con toscas guadañas goteando sangre. Y a las pequeñas pesadillas, de risas nerviosas y movimientos rápidos, armadas con afiladas cuchillas. Tzadik ya no podía saber si eran reales o una nueva alucinación, así que cerró los ojos y siguió rezando. El dolor ya se había ido del todo. Estaba tranquila y tenía mucho sueño.
     
Una de las bestias llegó a su lado, levantó su arma y la decapitó de un golpe. 

*** 

      En la cabaña, Ayla vio cómo comenzaba a brillar una piedra del alma en un tenue tono dorado. Con cuidado, la dejó al lado de las demás, y se giró al reloj de arena. Apenas quedaban unos pocos granos en él.
      Revisó por enésima vez todo el altar de mármol, y no encontró nada más. Vio las seis gemas brillantes, repletas con la última esperanza de Endarth y, apartada a un lado, la última que quedaba vacía. La cogió con las dos manos, viendo que era mucho más grande que cualquiera de las anteriores. Ahora era capaz de ver ciertos aspectos en el tallaje de las piedras que daban pistas de su esencia capturada. Pero la última le extrañaba, parecía tan solo una piedra grande…
     
La dejó con cuidado en la mesa, y se quedó pensativa, mirando a la nada. Había revisado el altar, pero también toda la maldita cabaña. No quedaba ninguna otra piedra del alma, estaba segura. Lo cual significaba que todo terminaría en la siguiente llamada.
     
Había escuchado los siseos de las almas en pena que rondaban su cabaña. Se estaban volviendo más atrevidas, y Ayla sabía que no tardarían en lanzar algún ataque a modo de tentativa. Pero estaba lista, y tanto que lo estaba. No marcaría una diferencia, pero sabía que al menos un par de esas pesadillas arderían bajo su magia.
     
Se dio cuenta que sus pasos la habían llevado a la pequeña puerta blanca de la despensa. Donde estaba aquello que no había querido aceptar durante una eternidad. Pero ahora había llegado el momento. Si tenía que guiar a la última esperanza de Endarth, ella tenía que estar completa.
     
Y no lo estaría hasta que no abriese esa maldita puerta.
     
Su mano agarró el pomo y lo giró. Tragó saliva y, reuniendo todo el valor que tenía, abrió la puerta de par en par.
     
Miró la pequeña alacena, con las baldas rotas, la luz eterna del atardecer entrando por el ventanuco, y el rastro de sangre y barro que llevaba hasta el fondo de la misma. Y allí, apoyado contra la pared, había un cuerpo muerto. Su propio cadáver.
     
Ayla sintió que sus extremidades se volvían pesadas, y que su vista se desenfocaba. Pero ya había cruzado el punto de no retorno. Dio un paso al interior de la despensa, que sonó como un cañonazo, y se obligó a mirarse a sí misma, a recordarse como fue su último y agónico momento en Endarth.
     
Vio las negras saetas clavadas por doquier, y recordó su punzante dolor y el escozor del veneno entrando en su cuerpo. Las vestimentas estaban rasgadas e impregnadas por su propia sangre, donde se entreveían heridas profundas. Su parte izquierda estaba quemada, donde su barrera mágica había flaqueado y el fuego le había golpeado de pleno. Y en el suelo descansaba un pequeño cuchillo, que había cortado sus muñecas, para que, con su propia sangre, hubiese formado los símbolos que le habían hecho trascender a la cabaña atemporal que ahora era su prisión.
     
Ayla cayó de rodillas al suelo, abrazándose a sí misma. Levantó la mirada con esfuerzo y contempló su propia cara. El rostro que había dejado cuando murió.
     
Ayla Swanlake, última de los Interventores, sonrió mientras las lágrimas corrían por sus mejillas. Para su sorpresa, había visto auténtica determinación en la mirada vacía del cadáver. Ahora se sentía, al fin, completa. Pasó la mano por la cara de su antiguo cuerpo, con una suave caricia
     
—Sabías que lo conseguirías. Tu vida acabó por un propósito, y te convertiste en lo que soy ahora. Tu camino terminó ese día,  Ayla de Endarth. Y mi camino como Ayla del Intersticio finalizará en la próxima llamada. Y entonces, tú y yo confiaremos en esa nueva Ayla que volverá a nuestra tierra y liberará la última batalla.
     
Se levantó y se dio la vuelta, con la capa ondeando. Ella había sido la única que había dudado de sí misma.
     
Pero nunca más. No iba a liderar la última esperanza de Endarth.
     
No.
     
Iba a desatar el apocalipsis sobre sus enemigos. 

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