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0.0. – La última llama de esperanza

Ayla anduvo por el estrecho pasillo de la cabaña de madera, con una palmatoria en la mano, donde una pequeña vela titilaba, haciendo bailar a las sombras. Se detuvo frente a una pequeña puerta de madera blanca. Respiró hondo. Obvió los detalles de siempre: las gotas de sangre en el suelo, que estaban todavía frescas; los arañazos en la pared, donde se había agarrado mientras huía de sus atacantes; sus huellas con el barro del bosque cercano. Su mirada descendió hasta el pomo, brillante y desafiante. ¿Por qué seguía viniendo una y otra vez al mismo sitio, y nunca podía dar el paso? ¿Tan importante era confirmar lo que había dentro de esa pequeña habitación, de esa pequeña despensa? Sabía que no. Nada de lo que viese alteraría lo más mínimo su misión. Y, aun así, aunque su mano se movió hacia el tirador, se detuvo a medio camino. El silencio, pesado, húmedo, le envolvió, presionándole en el pecho, mientras las marchitas luces de ese día eterno iluminaban el ventanuco dentro de la habitación y traspasaban el umbral de la puerta…

Ayla se hizo hacia atrás, ahogando un grito. No podía hacerlo. Su respiración estaba acelerada, el corazón le palpitaba en las sienes. No importaba el tiempo que hubiese pasado, ni que el sacrificio hubiese sido necesario para salvar Endarth de su destrucción. No podía soportarlo, tan sencillo como eso. Y no existía nada dentro de su prisión, esa pequeña cabaña de madera al borde del bosque, a lo que se pudiese aferrar para no caer presa de la locura. Por mucho que siempre hubiese sido metódica y reflexiva, la angustiosa persecución que había sufrido le había obligado a dar el paso más arriesgado de toda su vida, el ritual, a la desesperada.

—¿Cuánto le queda al sello para romperse? —susurró una voz a su espalda, cerca de su oído.

—No lo sé —dijo Ayla.

—¿Cuánto tiempo llevas aquí, atrapada en este momento eterno? —dijo la voz de una anciana, a la altura de sus rodillas.

—No lo sé —dijo Ayla.

—¿No deberías ya tenerlos a todos? ¿No deberías haber completado tu misión?

—¿Estás segura de que realizaste los pasos correctos?

—Apenas te queda tiempo, muchacha…

—Ya no soy una muchacha —respondió Ayla.

—¿Cómo podrás escapar de aquí? Puede ser que todo haya comenzado y el Segundo Apoc…

Ayla cerró los ojos y apretó los dientes con fuerza. Se concentró y, poco a poco, las voces se acallaron en el interior de su cabeza. Habían nacido como un susurro que, con el paso del tiempo, se había convertido en un griterío alocado. Sonrió con tristeza. Ayla no se permitía la derrota. Bien era cierto que había necesitado tiempo y disciplina para poder dominarlas, pero, al final, lo había conseguido. Cuando estuvo segura que tan sólo se escuchaba el silencio, tan pesado y asfixiante como siempre, abrió los ojos nuevamente. Se dio la vuelta y avanzó hasta el pequeño salón, donde un fuego crepitaba, aunque hacía décadas que no había puesto un tronco en él. Pasó al lado de estanterías con cientos de libros mágicos, algunos muy poderosos, pero también polvorientos. Durante los primeros años le había molestado esa suciedad, al igual que el hecho de que había tres de ellos que no estaban organizados alfabéticamente. Pero, por mucho que los limpiase u organizara, pasado un tiempo volvían a estar exactamente igual. Esa era la maldición y la única esperanza de Endarth: que ella estuviese cautiva en el instante exacto del sacrificio, en aquella humilde cabaña, uno de los últimos refugios de su Orden.

Pasó los dedos por los lomos de piel con gesto ausente. Los había leído todos y cada uno de ellos múltiples veces, absorbiendo su conocimiento y poder, para estar más preparada. ¿Había sido en vano? Probablemente sí. La apuesta realizada por su mentora estaba por encima de cualquier otra. ¿Había sido tal sacrificio necesario? Miles de almas entregadas a forjar un sello, arrancadas de sus leales portadores por una traición; su misma mentora, una de las pocas supervivientes con sangre divina… y, por supuesto, ella misma, confinada en una pesadilla sin fin, al borde de la locura. Había sido un gran precio a pagar. Y justo. La Gran Guerra no fue el Apocalipsis, aquel que desgarró todo Endarth. Aquello fue un mero espejismo. La Gran Guerra, el conflicto que amenazaba con engullirlo todo, consecuencia de demasiados intereses, demasiadas traiciones, demasiadas muertes, estaba todavía por venir.

Y tan sólo quedaba ella para contenerlo. Notó una aguda sensación de vértigo en el estómago.

Buscando consuelo, sus pies le llevaron al altar de mármol, al final de la sala. Allí reposaban los únicos objetos que habitaban fuera de la maldición, fuera de la prisión, dentro del flujo del tiempo: el gran reloj de arena dorado y las gemas del alma, impares e inertes, desperdigadas sin orden. Ayla pasaba mucho tiempo allí, agarrándose a la cordura mientras escuchaba el siseo de la arena convirtiendo el presente en pasado, cayendo por un hilo fino como un cabello. Si bien por tamaño el reloj se debería haber vaciado en una hora, este no era el caso. Cuando Ayla había despertado después del sacrificio, el reloj tenía su vial superior completo, aunque la arena ya estaba corriendo, como si alguien lo hubiese acabado de poner. Y, de algún modo, había estado avanzando, a otro ritmo distinto a cualquier tiempo conocido. En ese instante, el vial superior estaba casi vacío. ¿Estaba ella olvidando algo, y se estaba quedando sin tiempo? ¿O bien debía prepararse para cuando cayese el último grano de arena? No lo sabía, y nadie se lo podía decir. Una vez más, aunque no la última, lo intentó tocar. Pero, al igual que con las gemas del alma, sus manos lo atravesaron como si fuese humo, desenfocando la imagen durante unos instantes.

Mientras quede un hálito de vida en mi cuerpo os protegeré a todos. Detendré a las huestes más oscuras y evitaré el mayor de los desastres. Pero no hay maestro que pueda esquivar al Tiempo, mi querida Ayla. Mi momento llegará, tarde o temprano… debemos estar preparadas.

Dirigió sus pasos a una sucia ventana y miró a los campos de fuera, borrosos por la niebla perenne, que mantenía el mismo color ceniza de un amanecer naciente o de un atardecer agonizante. Ayla recordaba sensaciones de antes de hacer el sacrificio; recordaba el implacable metal deslizarse por sus muñecas, el calor de la sangre y el frío en su pecho. Sin embargo, no recordaba en qué momento del día fue, aunque agradecía que no hubiese sido durante la noche cerrada.

Todo estaba tranquilo allí fuera. ¿Era cómo debía ser? El vello de su nuca se erizó, y la llama de la palmatoria titiló una vez más y se apagó. La oscuridad la envolvió, pero Ayla notó algo distinto, un cambio que crujía y se desperezaba a su alrededor, mientras una cálida luz de un nuevo día se abría paso con fuerza. Sorprendida, comenzó a andar sin rumbo, viendo como las viejas paredes de madera se convertían en altos árboles, el suelo carcomido mutaba en el blando manto del bosque y el lóbrego techo se abría para mostrarle un límpido cielo azul. La incertidumbre le asaltó, mientras su alrededor florecía. Las sensaciones casi olvidadas le envolvieron con suavidad: el calor en la piel, el olor del aire puro, el susurrar de las hojas. La prisión que nunca abandonaría con vida seguía estando allí, pero se permitió el capricho de cerrar los ojos y disfrutar la sensación. Sin embargo, la culpabilidad le asaltó casi de inmediato, rompiendo el trance. Maldijo por lo bajo. Levantó la mirada y comenzó a andar, con paso firme, por el bosque que se abría ante ella.

Cuando el momento llegue, lo sabrás. No hay nadie más que tú para llevar esta carga. Como tampoco hay nadie mejor. Siempre has sido la persona más capaz, y a la que más me duele encomendar esta tarea.

—Pero, ¿Adónde, Maestra? ¿Cómo he de dirigir mis pasos? -Gritó con fuerza.

Una brutal bocanada de viento recorrió el bosque. Levantando las hojas. Rompiendo las ramas a su paso. Golpeándole con furia en el pecho, con su aroma a tierra y lluvia. Ayla sintió la realidad después de tanto y tanto tiempo. Y escuchó una voz que hacía tanto que había echado en falta. Lejana, como un susurro. Pero real.

Recuerda.

La interventora, Ayla, se quedó quieta. Sonriendo. Esa única palabra había tenido un efecto inesperado en ella. Había sido como arrancarle una venda de los ojos, y, ahora, todos los pensamientos y sensaciones, bloqueados durante tanto tiempo, surgían a borbotones en su interior. Movió las manos con presteza, y un espejo apareció ante ella. Una niña pequeña, con un camisón blanco, le devolvió la mirada. Asintió. Los años de confinamiento le habían ido reduciendo hasta ser una versión indefensa y asustada de sí misma. Pero eso había terminado. Ayla había sido la más poderosa interventora -sin contar con su maestra. No se enfrentaría de esa guisa a su misión más importante. Con lentitud, sus recuerdos se abrieron paso en su mente. Tomando consciencia de sí misma, cambió ante el espejo. Su pelo liso, corto y rubio, con el mechón blanco, volvió a mostrarse. Su rostro maduró, su cuerpo creció hasta convertirse en la mujer alta y atlética que había sido. Se vistió con el jubón blanco de su Orden y la capa negra con capucha, perfilada en hilo dorado, de su rango como Maestra. Los complementos aparecieron, hasta el mínimo detalle, recuperados de sus recuerdos: las botas de campo, el fino collar de oro, los pendientes color esmeralda. Mantuvo su mirada en el espejo y asintió. Ahora sí.

Giró sus ojos, azules como el mar, hacia la parte más elevada del risco. Era el mejor punto para estudiar el entorno. Comenzó a andar con pasos decididos, mientras su cuerpo crepitaba con magia pura. Notaba su poder, inmenso, focalizado y bajo control. Había despertado de su letargo. Ahora sabía quién era.

Ayla Swanlake, la única superviviente de los Interventores, la única esperanza para detener el Segundo Apocalipsis, llegó al borde del risco y observó el halcón mágico que se deslizaba por el cielo. Se pellizcó el puente de la nariz.

Era el momento de terminar su trabajo. Era el momento de salir de caza.

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